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Obama y el cambio prometido

obamaEn un editorial el pasado 7 de enero The New York Times recordaba al presidente Barak Obama una de sus promesas incumplidas y le echaba en cara haberla olvidado por completo. La había hecho al día siguiente de su instalación en la Casa Blanca en enero de 2009, asegurando solemnemente, por escrito, que en su gobierno habría un “nivel de apertura sin precedentes” y afirmando que “el Gobierno no debería mantener en secreto informaciones simplemente porque sus funcionarios pudieran sentirse incómodos por descubrimientos que revelasen errores y fracasos o por temores especulativos y abstractos”. Poco después, el recién designado Fiscal General Eric Holder Jr era aun más preciso: una Agencia no debería retener información simplemente porque pueda hacerlo legalmente”.

Tales declaraciones, como muchas otras emitidas por los nuevos gobernantes, alimentaron esperanzas e ilusiones en millones de norteamericanos que querían dejar atrás para siempre los dos períodos presidenciales de George Bush, en los cuales, junto a la corrupción, la demagogia y guerras tan crueles como insensatas, abundaron los excesos represivos y las escandalosas violaciones a los derechos individuales de los norteamericanos, todo envuelto en un terco secretismo.

La llamada Ley Patriota, impulsada por Bush, el Pequeño, apareció inmediatamente después de los abominables ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001, haciendo creer a no pocos que la ultraderecha planeaba su asalto a la ya maltrecha democracia norteña antes que los asesinos de Al Qaeda realizaran su deleznable acción.

Vale la pena recordar, por cierto, que el infausto acontecimiento fue también para el entonces inquilino de la Casa Blanca motivo de alivio y contentura, por otros motivos. Aquel septiembre concluía la investigación independiente que realizaron varios grandes medios de prensa para esclarecer el colosal fraude electoral gracias al cual él pudo llegar a la Presidencia con muchos menos votos que su rival y era fuertemente cuestionado por la opinión pública. La comprobación había terminado pero se tomó la decisión de no dar a conocer sus resultados, según se dijo públicamente, “por razones patrióticas”.

Mientras los norteamericanos lloraban a sus muertos, Bush y su pandilla celebraban. En medio de la tragedia a nadie se le ocurrió exigir la divulgación del conteo de los votos. La conclusión es obvia. Si el cómputo hubiera sido favorable a quien se había apoderado de la silla presidencial lo lógico era haberlo dicho. Como se había robado la elección prefirieron callar por “patriotismo”.

Lo que vino después sepultó para siempre el ya enfangado prestigio norteamericano. La guerra en Afganistán, que parece no terminar nunca y ahora incluye intentos de negociación con los mismos talibanes que antes condenaron como supuestos cómplices de quienes destruyeron las Torres Gemelas. La agresión contra Iraq justificada con la mentira de unas armas que nunca aparecieron y ya nadie busca. El horror de Guantánamo, porción usurpada del territorio cubano transformada en un infierno que Obama, en otra promesa también olvidada, juró eliminar. La práctica de la tortura y su desvergonzada admisión como política de Estado por Bush y los otros jerarcas de su gobierno.

En el plano interno y usando como excusa la amenaza terrorista, Bush y su camarilla se empeñaron en desmantelar los programas de salud, educación y asistencia social para una población pobre cuyo número no deja de crecer, mientras eliminaba impuestos para los ricos, multiplicaba exponencialmente los gastos militares y extendía las redes de un estado policiaco, abiertamente represivo, cercenando garantías y libertades individuales, desatando el espionaje y la persecución contra sus propios ciudadanos. Todo presidido por el engaño y el ocultamiento.

El reino de Bush llegó a su fin, en medio de una grave crisis económica provocada por sus políticas, y arrastrado por una insalvable bancarrota moral.

Por eso Obama logró movilizar a millones de norteamericanos, entre ellos a muchos que habitualmente no votan porque no creen en un sistema de representación ficticia donde los candidatos suelen ser instrumentos de los grandes grupos financieros y todo lo decide el dinero y la publicidad comercial. Logró movilizar, sobre todo, a una masa de jóvenes que salió a las calles voluntariamente para apoyar con entusiasmo a un candidato que venía cargado de promesas, y aseguraba que la situación podía cambiar.

Obama triunfó y entró a la Casa Blanca con el mandato firme y claro de la mayoría del pueblo norteamericano que le entregó su confianza. Con él llegó un estilo diferente, culto, refrescante, que se presentaba abierto a los demás, incluso al mundo exterior. Su imagen proyectaba algo que parecía perdido por aquellos lares: decencia.

El balance de su Gobierno, sin embargo, no ha significado una gran diferencia con el pasado. Aparte de algunos limitados beneficios a quienes carecían de toda protección sanitaria y de otras acciones de menos alcance, el saldo principal parece haber sido que, por tenerlo a él al frente del Gobierno, los norteamericanos no han debido soportar el continuismo del régimen bushista. Pero ¿Hasta dónde ha modificado Obama la política anterior?

Empleando una retórica tan agresiva e irresponsable como la de su predecesor, dio todo su apoyo a las bandas terroristas vinculadas a Al Qaeda que tratan de derrocar al gobierno del Presidente Al Assad y estuvo a punto de atacar directamente a Siria, aventura delirante de la que lo salvó la prudencia diplomática de Vladimir Putin y Rusia.

Su conducta respecto a Siria es sólo un ejemplo, aunque muy elocuente, de la continuidad de una política imperialista, arrogante y zafia.

Pero, al menos, hasta ahora, en Siria se contuvo.

Sin embargo, su Administración ha insistido en mantener la práctica de violar la privacidad de los norteamericanos, interviniendo sin autorización judicial sus comunicaciones telefónicas y de otro tipo y sus transacciones financieras y trata de ocultar tales acciones y esconderlas lejos del escrutinio público. En el último año, además, se ha empeñado en perseguir y castigar a Edward Snowden, el joven analista de inteligencia que permitió descubrir un programa de espionaje masivo e ilegal que afecta a todo el mundo, incluyendo a los norteamericanos. En vez de demonizar a Snowden, Obama debería imitarlo. Después de todo, su valeroso sacrificio no habría sido necesario si el Presidente hubiera sido fiel a su promesa.

La obstinación de Obama en encubrir las acciones ilegítimas del FBI contra sus propios ciudadanos le ganó el reproche que el afamado diario neoyorquino tituló así: “¿Qué pasó con la transparencia?”.

A Obama lo eligieron porque prometió cambiar a Estados Unidos. ¿Será capaz siquiera de cambiarse a sí mismo?

Ricardo Alarcón de Quesada

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